Lunes de Carnaval
En este Lunes de Carnaval, uno ya suele cansarse de llevar la misma máscara de siempre. Es el día que uno decide si se cambia de disfraz o bien se quita el raso y lo deja en el armario para otro momento.
Y a estas alturas de precampaña electoral, el Carnaval nos ha venido a mostrar a lo largo de los últimos días, un escenario muy distinto al que estábamos habituados.
Las tensiones internas que se viven en las formaciones políticas nos dejan ver una realidad diferente. Y pocas son las excepciones cuando tanto hay en juego, porque una acción o un gesto pueden tener consecuencias tan relevantes como irrelevantes, tan positivas como negativas.
Lo mejor de estas fechas es que, en ocasiones, el antifaz no burla, no oculta, sino todo lo contrario, amplifica una realidad siempre distorsionada por el interés, legítimo o no, de quien algo busca.
Pasa en las castas y en los castos, en los adoctrinadores y adoctrinados, en la política y en la calle. A poco de elecciones, ¿quién no ha renegado de su viejo compañero de alma, se ha puesto el disfraz o se lo ha quitado a conveniencia? ¿Quién no entierra sardinas antes de matarlas o crea monumentales sambódromos al ritmo de Paquito el Chocolatero?
Me gusta el guirigay preelectoral de estos días, las mascaradas, la ironía voraz y el sarcasmo de quien saca a relucir nuestras desvergüenzas. Ojalá siempre fuera así, que la libertad de opinión y la acción que dan el maquillaje y la careta nos permitiera mostrar la verdad de nosotros mismos. Ojalá siempre prevaleciera y que nos bastara la elástica de goma tras las orejas. De momento, el Carnaval electoral ha empezado y este tiempo de desenfreno no lo parará, ni siquiera, la Cuaresma.
Que lo disfruten.


