Cosas del calor
Lo peor de las olas de calor de un tórrido verano como éste no son los efectos secundarios de unas temperaturas que te secan hasta el alma; tampoco lo es que la calorina te deje la boca como el esparto, pese los abundantes chorros de agua fresca que, con tanta ansia, busca con desesperación la dilatada lengua de sapo.
Lo peor de las olas de calor lo llevamos encima, de día, y lo sufrimos, de noche.
Por un lado, parece que las altas temperaturas justifican la indecorosa manera de mostrarnos a los demás y cualquier trapo nos vale para tapar nuestras reconocidas vergüenzas. Así, basta ver cómo nuestras ciudades se llenan de una fauna de maniquíes donde manda el mal gusto. Y esto, de ninguna manera, está reñido con el monedero, que ya veo venir a algunos corsarios. Playeras, bermudas, pantorrilleros, camisetas sin mangas, mediamangas y mangatelas, chanclas y chancletas, cubretripas, piratas con flecos… y tirantes, muchos tirantes en un fondo de armario oscuro y tenebroso.
Y llegada la noche, metidos de lleno en una fresca que no refresca, que obliga a dejar las ventanas abiertas de par en par, quién no es testigo de ese dial colectivo que nos regalan, entre vigilia y vigilia, los buenos ‘subwofer’ acústicos de los vehículos que viajan por nuestras calles. Quién no oye a estos zombies a la intemperie y sobre ruedas con su simpar repertorio que, gracias a ellos, nos ponemos al día de la cultura musical del pueblo, con una gama inmensa de alternativas embadurnada en decibelios insoportables y auspiciada por la dejadez de unos coches zeta de la Policía que, a la postre, son los únicos que van con la ventanilla cerrada para que no se escape el fresquito.
Qué paz estival.


