El buen periodismo
Cuando en esto de la escritura rápida, del revolucionado análisis de la actualidad, de la dictadura del cierre o del imperio de los matices, uno se cree ya suficientemente curado de espanto, aún se dan situaciones que, con total virulencia, sacuden los valores de lo que debieran ser los principios del buen periodismo.
Un día oí de un admirado maestro una frase que me echó por tierra el idealizado concepto que tenía hasta entonces de este oficio, que algunos se empeñan en llamarlo profesión, práctica, función, titulación o trabajo. Eran aquellos tiempos que, tijeras en mano, procedía a cortar el kilométrico papel que escupían sin cesar los incesantes teletipos.
Decía que “no hay objetividad, no hay imparcialidad posible cuando informas, por cuanto lo que uno hace pasa el filtro de tus pensamientos, debilidades, deseos, creencias, complejos… Porque, por mucho que limpies el cristal transparente, éste dejará pasar la luz, pero no el aire”. No era una llamada a la derrota, pero sí a la necesidad de tomar conciencia de que en periodismo es imposible la asepsia total frente a la manipulación y el interés espurio.
Hoy el viejo maestro ya no está. No podré complacerle y decirle que tenía razón, pero tampoco podré contradecirle, porque su mensaje estaba incompleto. Ahora lo sé. Quizá no exista imparcialidad, objetividad, pero no son éstos los elementos que deben definir el buen periodismo, que lo hay, sino algo más difícil de lograr: la decencia.
Quizás ésta tampoco deje pasar el aire a través del cristal, pero si extendemos la mano sobre la superficie plana notaremos, al menos, la frescura que emana y la huella que deja.



