De camino a las urnas
Por las innumerables promesas electorales, está visto que no hay nada mejor para un país que estar permanentemente camino de las urnas. En campaña, nos llueven las ofertas de un profundo cambio a mejor, las crisis ya no lo parecen tanto, nos suben la autoestima, el ánimo, y todo se embadurna de colores vivos donde hasta ahora solo había escalas de grises.
Sí, basta poner fecha a los comicios, incluso antes, para que nos llegue una riada de buenos propósitos, como es el compromiso de bajar los impuestos, de extender las ayudas a las capas más desfavorecidas, de reforzar los servicios sociales, de poner dinero donde nunca o casi nunca llega, de mejorar la educación, la sanidad pública, de castigar al rico -que no hace falta- y enriquecer a los pobres, que buena falta hace; todos ellos, sin duda, campos abonados para quien hace de la demagogia la mejor batuta que dirige melodías interesadas.
Siempre ha sido así, aunque en diferentes grados de afectación; y ya es un cálculo matemático: el volumen de promesas electorales es, ha sido y será siempre, directamente proporcional al grado de frustración de la sociedad tras las consultas.
Desde luego, eso de que el pueblo hable es la esencia de la democracia, la esencia de lo que somos o queremos ser. Quién puede dudar de esto. No hace falta levantar el monumento al votante en una de las innumerables rotondas para recordarnos nuestros derechos y obligaciones en democracia.
En nuestro derecho está acudir con una papeleta que nos permita soñar con el futuro que realmente queremos. Y en nuestra obligación, la de acogernos a las leyes aprobadas gracias al fruto del ejercicio de ese derecho.
Nadie puede prometer lo que ya de antemano sabe que no podrá cumplir; tan de cajón, como que todos estamos sometidos a la ley democrática que ampara nuestros derechos, pero también nuestras obligaciones



